Anécdota del nacimiento de Picasso y su relación con el humo del puro

Pablo Picasso nació rodeado de arte… y de humo. Literalmente. Así lo cuenta Rafael Inglada, uno de los estudiosos más meticulosos del artista malagueño, que rescata una de las anécdotas más curiosas, extravagantes y casi mágicas que circulan sobre su llegada al mundo. La historia mezcla dramatismo, un médico con buen pulso, una comadrona convencida de lo peor y un puro encendido que, según la tradición familiar, habría cambiado el destino del recién nacido más influyente del siglo XX.

La escena, narrada por Inglada con una mezcla deliciosa de rigor y picardía, parece sacada de un cuento costumbrista andaluz. Estamos en Málaga, 25 de octubre de 1881. María Picasso López da a luz a un bebé que llega al mundo sin señales de vida. La comadrona, tras revisarlo, lo da por muerto. Un silencio tenso se instala en la habitación. El padre, José Ruiz Blasco —pintor y profesor, orgulloso y nervioso— se queda desconcertado. Y es entonces cuando aparece el médico de la familia, un hombre que, como muchos de su época, tenía un hábito inseparable: fumar un puro tras cada intervención.

El médico, al ver al pequeño inerte, hace algo impensable hoy pero normalísimo en aquel tiempo: acerca el humo del puro al rostro del bebé. Y entonces ocurre lo inesperado. El recién nacido, irritado por la intensidad del humo, reacciona con una bocanada brusca de aire, un llanto que atraviesa la habitación… y la vida empieza. Según la tradición oral, Picasso resucita gracias a esa nube de tabaco que flota sobre él como una especie de bautismo accidental, una chispa entre la muerte y la supervivencia que suena casi demasiado poética para ser verdad, pero que Inglada recoge con cariño y detalle.

La anécdota se ha contado de mil formas, pero lo interesante en manos de Inglada es cómo la conecta con la simbología que atravesaría la vida y obra de Picasso. El humo —esa cosa efímera, cambiante, inquieta— tiene algo que recuerda al trazo picassiano: nunca fijo, siempre moviéndose, siempre transformándose. Y aunque sería exagerado decir que el cubismo nació de un puro, la historia funciona como metáfora involuntaria: un artista que desde el primer segundo de vida rompe cualquier expectativa y aparece en escena desafiando lo establecido.

Además, la historia revela mucho sobre el ambiente social y cotidiano de la época. Inglada la usa para mostrar una Málaga donde los partos ocurrían en casa, los médicos se movían sin prisas, y los puros eran casi una extensión de la personalidad masculina. No es solo un relato pintoresco: es una ventana a un contexto que forjó el carácter de Picasso antes incluso de que él pudiera dejar su primera marca en un papel.

También hay un matiz interesante: el papel de la comadrona. Su diagnóstico precipitado —“está muerto”— contrasta con la casualidad casi milagrosa del humo. Es una escena que, si la imaginas en cámara lenta, tiene algo teatral: la mujer apartándose, el médico inclinándose, el puro encendido brillando apenas, el humo dibujando formas, y el bebé reaccionando como si hubiese encontrado su primera inspiración. Inglada no romantiza el momento, pero sí subraya su rareza, su tono de leyenda íntima que la familia guardó durante años.

Lo bonito de la anécdota es que no intenta explicar la genialidad de Picasso, sino humanizarlo. No es el relato del genio mítico, sino el del bebé frágil que casi no llega a contarlo. Un recordatorio de que incluso las mayores figuras nacen en circunstancias que bordean lo absurdo y lo cotidiano. Picasso, que siempre habló de la vida como un proceso de constante reinvención, habría apreciado la ironía de haber comenzado la suya irritado por el humo de un puro. Es una historia que encaja perfectamente con su espíritu libre, contradictorio, casi salvaje.

Rafael Inglada rescata esta anécdota no como una verdad absoluta, sino como una pieza más del rompecabezas que compone la biografía emocional del artista. La historia, con su mezcla de humor, asombro y dramatismo, ilumina una parte de Picasso que a veces olvidamos: su dimensión humana. Y aunque el humo se disipó en la habitación aquel día de 1881, su eco sigue flotando en la memoria cultural como un pequeño milagro que, de alguna manera, anuncia lo que estaba por venir.

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