La carrera hacia la Capitalidad Europea de la Cultura 2031 está calentándose, y Asturias ha decidido jugar fuerte. No solo desde Oviedo —epicentro oficial del proyecto— sino también desde la llamada “Asturias exterior”, esa diáspora asturiana dispersa por España y el mundo que mantiene un vínculo emocional casi irrompible con su tierra. Y Madrid, ciudad que siempre acaba funcionando como punto de encuentro para todas las comunidades autónomas, se ha convertido en el escenario ideal para demostrar que este proyecto cultural no es solo un objetivo institucional, sino una causa compartida por toda una comunidad repartida por miles de kilómetros.
El impulso madrileño tiene algo especial: mezcla nostalgia, orgullo y una mirada moderna a lo que significa ser asturiano hoy. Las asociaciones culturales, centros asturianos, artistas residentes en la capital y profesionales dispersos por sectores tan distintos como el cine, la música, el diseño y la gastronomía se han activado con una energía sorprendente. Lo están haciendo desde un convencimiento muy simple: si Asturias quiere competir al máximo nivel por la capitalidad europea de 2031, necesita demostrar que su cultura no es solo local, sino proyectable, exportable y abrazada por quienes viven fuera.
Los eventos celebrados en Madrid durante los últimos meses han servido como auténticas declaraciones de intenciones. Charlas, conciertos, exposiciones pop-up, encuentros literarios y hasta showcookings han puesto a Asturias en el mapa cultural madrileño con una presencia inusual, mucho más estratégica. La idea es clara: si Madrid es una de las capitales culturales de Europa, y miles de asturianos viven allí, convertir ese foco en altavoz es casi una obligación.
La narrativa que se está construyendo en torno a esta candidatura tiene dos ejes potentes. El primero: reivindicar la herencia cultural asturiana—la música tradicional, la artesanía, el arte sacro, los paisajes que inspiraron a generaciones enteras de creadores, y la memoria industrial que hace de Asturias un territorio único en Europa. El segundo: mostrar su transformación contemporánea. Oviedo ya no es solo ciudad de ópera y sidra, también es diseño, creación digital, nuevos espacios de exhibición, talento joven y un ecosistema cultural que busca reinventarse sin renunciar a lo que lo hace especial.
Lo más emocionante es ver cómo los asturianos residentes en Madrid están funcionando como embajadores espontáneos. Muchos de ellos crecieron entre montañas y acantilados, pero viven ahora en barrios urbanos y globalizados. Esa doble identidad se ha convertido en una ventaja: entienden lo que buscan las audiencias cosmopolitas y, al mismo tiempo, conocen la esencia de su tierra. En cada evento organizado, en cada iniciativa, hay una especie de orgullo tranquilo que no necesita exagerar: Asturias enamora sola, pero necesita que la cuenten.
La diáspora asturiana también ha aportado algo fundamental para la candidatura: conexión. La capitalidad europea no se gana solo con patrimonio, sino con redes, alianzas y proyectos que unan ciudades, instituciones y colectivos. En Madrid, esta “Asturias exterior” lleva meses tejiendo vínculos con espacios culturales, universidades, galerías y productores que pueden aportar visibilidad y músculo creativo al proyecto. Si algo tiene la cultura en el siglo XXI, es que se nutre del intercambio constante, y Asturias lo ha entendido perfectamente.
Un punto importante es cómo esta movilización también está sirviendo para repensar la relación de la comunidad con su propia identidad. Muchos jóvenes asturianos que habían crecido en la capital sin un vínculo profundo con su origen están reencontrándose con su cultura gracias a esta ola de actividad. Es una especie de renacer colectivo, donde la tradición no pesa, sino que inspira.
Oviedo, como epicentro del proyecto, se beneficia directamente de este impulso exterior. La ciudad está trabajando su candidatura con una visión que combina historia, creatividad y proyección europea. Pero la fuerza que llega desde Madrid —y desde otras ciudades con presencia asturiana— está dando al proyecto un carácter de movimiento cultural, no solo de expediente administrativo.
La capitalidad europea de 2031 es una excusa perfecta para que Asturias se mire al espejo, reivindique todo lo que es y lo muestre al mundo con orgullo. Y la reacción en Madrid demuestra algo importante: Asturias nunca se fue; simplemente se repartió por el mundo y ahora está volviendo, unida y decidida, para empujar el proyecto cultural más ambicioso de su historia reciente.
