TikTok reconvierte una torre de libros de 1998 en el nuevo fenómeno viral

TikTok vuelve a demostrar su capacidad para transformar objetos olvidados en fenómenos globales. Esta vez, el protagonista es una torre de libros construida en 1998, una instalación que durante años pasó prácticamente desapercibida y que ahora se ha convertido en uno de los nuevos iconos virales de la plataforma. El patrón se repite: alguien sube un vídeo sencillo, otros lo replican y, en cuestión de días, miles de personas repiten la misma frase: “Lo vi y yo también quería una foto”.

La torre, concebida originalmente como una pieza artística y cultural ligada al mundo del libro y la lectura, nació en un contexto muy distinto al actual. A finales de los años noventa, este tipo de instalaciones buscaban simbolizar el conocimiento acumulado, el valor del papel y la memoria escrita en una época previa a la digitalización masiva. Durante décadas, fue un elemento más del paisaje urbano o institucional, observado con cierta curiosidad, pero sin generar un impacto mediático relevante.

Todo cambió cuando TikTok entró en escena. Un creador de contenido grabó un vídeo corto frente a la torre, jugando con el contraste entre su antigüedad y el presente hiperconectado. El encuadre vertical, la música de fondo y una frase simple bastaron para detonar el efecto dominó. El algoritmo hizo el resto, empujando el contenido a millones de pantallas y despertando una reacción inmediata: usuarios de distintas edades comenzaron a buscar la torre, a grabarse frente a ella y a compartir la misma experiencia.

El fenómeno revela una de las claves del éxito de TikTok: su capacidad para resignificar espacios y objetos. Lo que antes era solo una torre de libros se convierte ahora en un símbolo aspiracional, un lugar que “hay que ver” y fotografiar. No importa tanto su historia original como la emoción compartida de formar parte de una tendencia colectiva. La frase “lo vi y yo también quería una foto” resume a la perfección ese impulso: ver, imitar y participar.

Este tipo de viralidad también habla del poder de la nostalgia. La torre, construida en 1998, conecta con una estética previa a las pantallas, al consumo rápido y al scroll infinito. En TikTok, esa nostalgia se mezcla con un lenguaje visual moderno, generando un choque atractivo entre pasado y presente. Para muchos usuarios jóvenes, la instalación es casi un descubrimiento arqueológico; para otros, una excusa para reivindicar el valor del libro físico en plena era digital.

El impacto no se limita al entorno digital. Desde que la torre se ha hecho viral, se ha incrementado notablemente la afluencia de visitantes. Personas que nunca habían reparado en ella ahora se desplazan expresamente para verla en persona. Se repite un patrón ya conocido con otros lugares viralizados en TikTok: colas improvisadas, fotografías repetidas desde los mismos ángulos y una experiencia colectiva que se construye tanto en el lugar físico como en la plataforma.

Este fenómeno plantea preguntas interesantes sobre el papel de las redes sociales en la reconfiguración del valor cultural. ¿Es TikTok un simple amplificador o un nuevo curador de experiencias culturales? La torre de libros no ha cambiado, pero su significado sí. Ahora es un punto de encuentro, un fondo reconocible y una historia compartida por miles de personas que, en muchos casos, no sabían nada de su origen.

También pone sobre la mesa el debate sobre la superficialidad o profundidad de estas tendencias. Algunos críticos señalan que la viralidad reduce obras complejas a meros decorados fotogénicos. Otros, en cambio, defienden que cualquier mecanismo que acerque a la gente a espacios culturales es positivo, incluso si el primer contacto es una foto o un vídeo de pocos segundos.

Lo cierto es que TikTok ha conseguido algo que muchas campañas culturales no logran: activar la curiosidad masiva. A partir de un gesto sencillo, la torre de libros de 1998 ha pasado de ser un elemento estático a un fenómeno dinámico, reinterpretado miles de veces a través de miradas distintas. Cada vídeo añade una capa nueva a su significado original.

La frase que acompaña muchos de estos vídeos —“lo vi y yo también quería una foto”— funciona casi como un manifiesto de la cultura digital actual. No se trata solo de observar, sino de participar, de dejar constancia de que uno también estuvo allí. En ese gesto se condensa la lógica de TikTok: experiencia compartida, repetición creativa y una sensación de pertenencia inmediata.

Este caso confirma que, en la era de las redes sociales, el tiempo no es un obstáculo para la viralidad. Una estructura levantada en 1998 puede convertirse en tendencia en 2026 si encaja con el lenguaje visual y emocional de la plataforma adecuada. TikTok no crea los objetos, pero sí crea las historias que los rodean, demostrando una vez más su capacidad para transformar lo cotidiano —y lo olvidado— en un fenómeno global.

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